dijous, 20 de gener de 2011

Igualdad y desigualdad, individuo y sociedad

Fotografía: "Carrer de Tossa", original de Montse Esteba

Avanzar en la determinación de las desigualdades sociales o en cualquier caso en el modelo y las formas o usos que delimitan cualquier entorno societario y en la medida en que ello pueda afectar a su desarrollo político en coherencia con el papel que pueden jugar las elites en este sentido, nos ha de permitir descubrir que modelo de sociedad es la que se establece en la primera década del siglo XXI, de igual modo como en el reflejo de las comunidades ha de poder encontrarse alguna respuesta a los vaivenes que se evidencian a lo largo de esta etapa, su conexión con el último tercio del siglo XX, así como de las circunstancias que nos habrán de definir una sociedad cambiante, seguramente convulsa, en la contextualización post-industrial y en particular en un espacio concreto y delimitado como es el de la sociedad catalana, su concepto de autogobierno y autonomía política, el cambio de paradigma social con la construcción del modelo democrático, con conceptos referidos a la razón ideológica tales como nacionalismo, independencia, cooperación o socialización, centralización, descentralización, en particular, el análisis y evolución de los resultados electorales y los principios sustanciales en la conformación de los gobiernos, el modelo de pensamiento que ha impregnado, a su vez, cada uno de los distintos elementos que han ido conformando este complejo engranaje, puesto que como afirma Andrade[1]: las doctrinas políticas, las ideologías, están constituidas por teorías sociales, principios éticos y tradiciones culturales.

Se pregunta Jean Jacques Rousseau en el año 1754, dentro de la dedicatoria a la República de Ginebra de su Discurso sobre el origen de la desigualdad en los hombres, ¿cómo podría meditar acerca de la igualdad que la naturaleza ha establecido entre los hombres y sobre la desigualdad creada por ellos, sin pensar al mismo tiempo en la profunda sabiduría con que una y otra, felizmente combinadas en ese Estado, concurren, del modo más aproximado a la ley natural y más favorable para la sociedad, al mantenimiento del orden público y a la felicidad de los particulares?[2] , pregunta que halla su respuesta en el propio discurso rousseauniano, cuando el pensador afirma que “no es necesario hacer del hombre un filósofo antes de hacer de él un hombre. Sus deberes hacia sus semejantes no le son dictados únicamente por las tardías lecciones de la sabiduría, y mientras no resista a los íntimos impulsos de la conmiseración, nunca hará mal alguno a otro hombre, ni aun a cualquier ser sensible, salvo el legítimo caso en que, hallándose comprometida su propia conservación, se vea forzado a darse a sí mismo la preferencia.”.

Rousseau nos habla, del individuo como centro de ese proceso de concreción social, de determinación de las relaciones nacientes a partir de la ley natural, como principio que en su tratado plantea como hecho fehaciente para la conformación social:Considero en la especie humana dos clases de desigualdades: una, que yo llamo natural o física porque ha sido instituida por la naturaleza, y que consiste en las diferencias de edad, de salud, de las fuerzas del cuerpo y de las cualidades del espíritu o del alma; otra, que puede llamarse desigualdad moral o política porque depende de una especie de convención y porque ha sido establecida, o al menos autorizada, con el consentimiento de los hombres. Esta consiste en los diferentes privilegios de que algunos disfrutan en perjuicio de otros, como el ser más ricos, más respetados, más poderosos, y hasta el hacerse obedecer.

No puede preguntarse cuál es la fuente de la desigualdad natural porque la respuesta se encontraría enunciada ya en la simple definición de la palabra. Menos aún puede buscarse si no habría algún enlace esencial entre una y otra desigualdad, pues esto equivaldría a preguntar en otros términos si los que mandan son necesariamente mejores que lo que obedecen, y si la fuerza del cuerpo o del espíritu, la sabiduría o la virtud, se hallan siempre en los mismos individuos en proporción con su poder o su riqueza; cuestión a propósito quizá para ser disentida entre esclavos en presencia de sus amos, pero que no conviene a hombres razonables y libres que buscan la verdad.”

El profesor Jorge Riezu[3] considera al hombre, como factor creador de nuevas fuentes que nos han de permitir el estudio, un estudio que no se habría de limitar tan solo a la mera transcripción del hecho documental, si no que, como él afirma, corresponde al tratamiento de la agregación de “las peculiaridades que afectan y definen a ese individuo, situaciones, estructuras, condiciones históricas, etc.”. Las realidades, pues, son aquellas que interesan, como explicadoras de un contexto autónomo, pero presumiblemente interesante a la hora de abordar en una perspectiva científica, un contraste, como apunta el profesor Murillo Ferrol[4], entre la modernidad en lo político respecto del atraso relativo de la estructura social correspondiente.

Para determinar la fuente fundamental y básica que nos ha de llevar a la contextualización efectiva de la sociedad post-industrial, entendida como aquella que abarca desde finales del siglo XX i la primera década del siglo XXI, resulta necesario acudir previamente a la definición del concepto de las desigualdades sociales, más allá del “eterno lugar común de la economía[5]; para ello debemos reencontrarnos con los clásicos y ver como ya Platón [6] nos definía el concepto de estratificación social referido, eso sí, al modelo social y político imperante, sin dejar de detenernos en conceptos que él nos describe y asimila a su concepción de las formas de gobierno, pero para nosotros es muy importe entrar a analizar el concepto mismo de democracia, por ser el más próximo al actual concepto definitorio de nuestro marco político y social a partir del cual se determinaría el concepto de desigualdad.

Platón nos define el concepto de democracia como aquel en el que “antes que nada los hombres deben de ser libres, y la ciudad resultará llena de libertad y –añade- de franqueza y donde se dará la posibilidad que cada cual haga lo que quiera. (…) Y donde se da esta posibilidad, está claro que cada cual organizará la vida como le plazca”.

Ciertamente el valor de la libertad será uno de los principios que habrá de perdurar hasta nuestros días, como un bien individual, pero a su vez como un bien eminentemente social que nos configurará un determinado contexto general, en función, siempre, de sus fuentes anteriores, como apunta el profesor Riezu. Pero Platón nos añade más trazos al perfil democrático y si en principio nos habla de libertad, también lo hace respecto de un nuevo concepto, el de la igualdad, para afirmar que la democracia “distribuirá indistintamente la igualdad tanto entre los que son iguales como entre los que no lo son”, pero, como apunta el profesor Roncaglia[7], habremos de estar atentos y observar como ya Platón, como también haría más tarde Aristóteles[8], nos describen ambos las características de la estratificación social, que ellos advierten como hechos de la naturaleza intrínsecas a los seres humanos, en una tesis que perduraría justificando la jerarquización social que, tanto Tomás de Aquino como la escolástica que le sucedió, harían proveer desde “la voluntad divina” el otorgamiento de los talentos en los hombres, lo que habría de dar pié a las desigualdades de rango, mérito, capacidades, destreza y condición de cada individuo y en su función a la “justa” distribución de rentas y riqueza.

Será, sin embargo, a finales del siglo XIX, cuando Wilfredo Pareto[9] formuló su conocida ley de Pareto también conocida como la regla del 80:20, relativa a la distribución personal de la renta y que se sintetiza en una fórmula famosa:

Log N = log A – α log x

En la que N es el número de familias con una renta por lo menos igual a x, A es un parámetro que indica el tamaño de la población, y α es un parámetro estimado, que generalmente tiene un valor de 1,5.

La aparente aplicabilidad de esta fórmula a diferentes poblaciones y diferentes épocas se interpreta como una demostración de que la distribución de la renta es independiente de las vicisitudes históricas y sociales. Según Pareto, su “ley” refleja diferencias innatas en las aptitudes personales, distribuidas de forma aleatoria entre la población, siendo por lo tanto una ley de la naturaleza, que no divina, lo que nos lleva a los modernos modelos teóricos en materia de interpretación de las desigualdades que propugnan las teorías económicas, que van más allá incluso de lo que podría ser una simple teoría de la “distribución del Trabajo”[10] que no habría de permitir la comprensión de la estática y la dinámica de las cuotas distributivas, lo que el propio Roncaglia considera insuficiente, al entender que “el conocimiento de los mapas de preferencias individuales y la aplicación de los instrumentos del análisis del equilibrio general, y de ahí un enfoque subjetivo –dice-, también son necesarios”.



[1] Andrade Blanco, Juan. Entrevista a propósito de su tesis de Juan Andradre «El PCE y el PSOE en (la) transición. Cambio político y evolución ideológica», Universidad de Extremadura, diciembre de 2009. Centro de Investigación para la Paz.

[2] Rousseau, Jean Jacques. “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres”. Traducción de Pumarega, Ángel. Calpe, Madrid. 1923. Edición digital Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. 1999.

[3] Riezu, Jorge. Perfiles de la II República (A propósito de la obra “Estudios sobre la II República Española). Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Revista de Estudios Políticos. Número 206. 1976. Pág. 350

[4] Murillo Ferrol, Francisco. “Balance desde la perspectiva” articulo en Estudios sobre la II República. Pág. 254

[5] Schumpeter, J. History of economic analysis. E. Boody Schumpeter, Nueva York: Oxford University Press. 1954. (Historia del análisis económico, Barcelona: Ariel 1971).

[6] Platón. La República. (Libros VIII-X). Fundació Bernat Metge. Barcelona. 1992. (Traducción de Manuel Balasch) Pág. 37

[7] Roncaglia, Alessandro. Los orígenes de la desigualdad social: los castores para las mujeres y los ciervos para los hombres. Conferencia en el 5º Encuentro Ibérico de Historia del Pensamiento Económico, Madrid, 12-15 diciembre 2007.

[8] Aristóteles. Política. Edit. Garcia Gual, Carlos y Pérez Jiménez, Aurelio. Altaya. Barcelona. 1993.

[9] Pareto, V. “La courbe de la répartition de la richesse”, en Recueil publié par la Faculté de Droit de l’Université de Lausanne à l’occasion de l’Exposition nationale de 1896, pp. 373-387. (Trad. italiana, La curva di ripartizione della ricchezza, en M. Corsi (ed.), 1995, pp.51-70).

[10] los economistas clásicos consideraban que la división del trabajo caracterizaba a la economía. Esto no implica solamente la separación de tareas dentro de cada proceso de producción, sino también el hecho de que las diferentes unidades productivas sirven a distintos procesos de producción, los cuales conducen a diferentes (conjuntos de) mercancías. Así pues, al final de cada proceso productivo, cada unidad productiva (y cada sector, es decir el conjunto de unidades productivas que utilizan procesos de producción similares y producen mercancías semejantes) necesita recuperar sus medios de producción a cambio de por lo menos una parte de sus productos.